Cuando el corazón vive en dos casas: duelo migratorio

Cuando el corazón vive en dos casas el duelo migratorio

Escrito por Assumpta Canals

2 de noviembre de 2025

A veces, el duelo migratorio se parece a ser un hijo de padres divorciados.

Piensa en un adolescente que ha vivido toda su infancia con su madre y que, en la adolescencia, se muda con su padre para estudiar o tener nuevas oportunidades.
Al principio siente ilusión y miedo: quiere adaptarse, hacerlo bien, aprovechar la ocasión.
Pero en el fondo, su corazón sigue en aquella casa donde olía a la comida de su madre, donde dormía en su habitación de siempre, donde cada rincón le resultaba familiar.

En la nueva casa hay cariño, sí, pero también extrañeza. Todo es distinto: las rutinas, los códigos, la forma de hablar.
A veces compara sin querer; otras veces se siente culpable por haberse ido y por echar de menos lo anterior.

Lo que necesita no es elegir entre un hogar u otro, sino aprender a integrar ambos: tomar y honrar a los dos con amor y gratitud, sin comparar, sin juzgar, tomando lo bueno que viene de cada uno y soltando el dolor y los reproches por lo que no pudo ser.
Y, sobre todo, recordar que ambos padres desean lo mejor para ti, como si te dieran su permiso y bendición para pertenecer a ambos.

Así, poco a poco, puede sentir que pertenece a los dos lugares, y que en realidad el hogar más real y profundo lo lleva dentro.

Mi experiencia personal

El duelo es algo natural y necesario. Cada persona y experiencia es única.
El problema aparece cuando ese duelo se transforma en un obstáculo que detiene el fluir de la vida.

Yo emigré con 48 años, junto a mi marido y mis dos hijos.
No es lo mismo que emigrar solo, ni hacerlo con otra edad, por necesidad o por amor.
En mi caso, mi cabeza decía: “allí hay un mejor futuro”, pero mi corazón se partía en dos.

Sentía un desgarro que no quería mirar. Había demasiados apegos: familia, amistades, paisajes, sonidos, idioma, costumbres, estatus social….
Me centré en acompañar a mis hijos, en crear un círculo de familias españolas con hijos para compartir juegos y celebraciones.
Ese tejido fue mi colchón salvavidas mientras suturaba en silencio una herida que dolía más de lo que quería reconocer.

Mis hijos fueron mi gran tarea y también mi distracción. Durante mucho tiempo no atendí el enfado ni la tristeza que la migración había instalado en mí.

Noté que la situación se me iba de las manos:

  • Estaba siempre agotada.

  • De mal humor.

  • Culpaba al «mundo» por no haberme “salvado” de vivir ese dolor.

  • El miedo me paralizaba.
  • Me sentía desconectada de mi y de mi parte luminosa.

  • Sentía que habitaba un vacío, resignada a vivir en gris y sin esperanza.

Y ahí, pedí ayuda.

Y sí, ya entonces era terapeuta, pero eso no me exime de ser humana y tener mi propio proceso.


Que nadie se engañe: todos estamos en proceso y en modo aprendizaje toda la vida. Estamos en el mismo tablero de juego, con reglas que no entendemos, “humanos” en constante aprendizaje de vivir. Hay todavía pocos iluminados por el mundo.

Me puse en marcha en cuanto pude para seguir haciendo trabajo personal acompañada de mis maestros.
Yo sola no hubiese podido hacerlo de ningún modo… o bien habría acudido a los antidepresivos, la comida en exceso u otras adicciones para seguir adelante anestesiada de mí misma.

Poder mirar mis bloqueos y traumas con alguien frente a mí, en presencia absoluta y sosteniéndome, fue lo que poco a poco trajo calma a mi corazón, permitiéndome integrar con paz mis asuntos pendientes en el proceso migratorio —y ambos países dentro de mí—.

Y me fui dando el permiso de comprender que no había que elegir, sino abrazar ambas tierras (igual que abrazar a ambos padres). Que cada una me había dado algo esencial:

una me dio raíces, la otra me ofreció alas.

Y sí, lo sabía en la teoría… pero hay que llevarlo a la práctica.
Pasar por el mismo lugar da humildad, comprensión, valor y autenticidad al acompañar a otros en la misma situación.
No hay otra.

Duelo-migratorio

Integrar lo que se ama. Cuando el corazón vive en dos casas.

El duelo migratorio, igual que el del hijo entre dos hogares, es un proceso de integración y reconciliación interior. No se trata de olvidar, sino de honrar lo que fue y abrirse a lo que es.

Cuando miramos con ternura y sin juicio, ese mismo dolor se transforma en fuerza, en pertenencia, en identidad. Migrar no es perder un lugar, sino aprender a habitar dos tierras a la vez.

Y desde ahí nace una oportunidad maravillosa:

La oportunidad de ofrecer a una nueva tierra que te acoge la nobleza de la cultura propia —la esencia de tus ancestros—, con el ejemplo de tu vida al servicio de esa nueva comunidad  y brillar con la máxima plenitud tu propio destino.

Porque cuando somos capaces de integrar lo que amamos —las personas, los lugares, las etapas—, dejamos de ser de un sitio o de otro…Y nos convertimos en puente, en abrazo, en pertenencia viva.

Algunas claves para acompañar el duelo migratorio

  • No compares. Cada lugar, cada etapa y cada persona tienen su sentido. Las comparaciones solo dividen el corazón.
  • Agradece lo que fue. Acomoda gestos simbólicos en tu día a día: una carta, una comida típica, una vela, una foto.
    Medita visualizando tus raíces extendiéndose hacia la tierra, reconociendo y honrando tu historia y tu origen.
  • Abre espacio a lo nuevo. No como sustituto, sino como expansión.
    Permítete descubrir lo que este nuevo lugar te ofrece.
    Ábrete con generosidad a entregar tus talentos al servicio del nuevo hogar, desde la gratitud de esa nueva oportunidad que te está siendo permitida.
    Date permiso para amar tanto tu pasado como tu presente: no tienes por qué elegir amar solo una parte de ti.
  • Cuida tu red, tu tribu, evita la soledad. Busca personas significativas con las que compartir tu idioma, tus costumbres, tus emociones.
    La pertenencia también se teje con presencia.
  • Date tiempo. Integrar lleva su ritmo. El alma necesita un compás más lento que el calendario.
  • Escúchate. Encuentra formas de sentirte “en casa” interiormente cuando lo necesites.
    Quizás abrirte a prácticas espirituales, meditación o espacios que te permitan habitarte con autenticidad y plenitud.
  • No esperes al último momento para pedir ayuda.
    No tienes por qué poder con todo a la vez tú sola o solo. Pedir ayuda es un acto de valentía, una dirección hacia el bienestar y la autenticidad.

Gracias

Gracias por estar aquí, por leer, y por seguir buscando maneras de escucharte un poco más.
Espero que mi historia te haya servido, acompañado o inspirado de algún modo.

Y tú,
¿Has vivido una migración o una etapa en la que sentiste tu corazón dividido entre dos lugares?
Te invito a dejar un comentario o compartir este texto con alguien que esté viviendo un proceso parecido.

A veces, una palabra, una historia o un gesto de comprensión pueden ser un gran alivio en medio de tanta confusión, dolor y soledad.

Un abrazo cálido para tod@s.

Otros recursos que pueden acompañarte en el duelo migratorio e integración emocional.

  • 🌍 Datos y contexto:
    Según la ONU (UN DESA), en 2024 más de 304 millones de personas vivían fuera de su país de origen, lo que representa alrededor del 3,7 % de la población mundial.
    La OMS señala que la migración puede incrementar el riesgo de depresión, ansiedad y estrés postraumático, especialmente cuando la persona carece de apoyo emocional y redes de pertenencia.

 

 

También te puede interesar

Suscríbete a mi Newsletter

Con ella podré enviarte novedades y recursos para inspirarte, cuidarte y reconectar contigo. Es un espacio creado con cariño, totalmente gratuito, y sin compromiso, que podrás dejar de recibir cuando lo desees.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *